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Sayula, Jalisco
El ánima de Sayula
Redacción Informativo del Sur de Jalisco
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Miércoles 6 de Septiembre del 2006
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Por Fernando G. Castolo

“Me llamo Perico Zurres, —dijo el fantasma en secreto—, fui en la vida buen sujeto,
muy puto mientras viví.”

¿Quién lo hubiera pensado…? Que estos versos, catalogados como los más picarescos y populares —además de ser los más antiguos que se conocen— de México, del último siglo… Los que alguna vez avergonzaron tanto a la localidad sureña de Sayula, fueran hoy día su mayor escaparate de promoción turística y cultural.

Don Enrique Martínez Ocaranza, escribió, a propósito de la vida y milagros del autor de los versos del Ánima de Sayula, don Teófilo Pedroza, que estuvo en Zapotlán, como secretario del juzgado de primera instancia; de allí pasó con el mismo empleo a Tamazula, ciudades donde supo lo de Sayula con Apolonio Aguilar y su compadre José Arreola (protagonistas de estos versos).

Pidió su cambio a este pueblo para poder realizar algo de poético y picaresco con el anecdótico hecho, ya que don Teófilo era un buen escritor de las famosas “calaveras” que hacía a los personajes públicos más encumbrados de las localidades en donde solía desempeñarse.

Ahí en Sayula, inició las primeras cuartetas de su famosa “Ánima”, a propósito del buenazo de Apolonio, que sí existió. Los sayulenses vaciladores le urdieron e hicieron la broma en cuestión, y su compadre José fue quien lo indujo a ir al panteón en busca de la plata, y él mismo fue quien la hizo de ánima y que luego huyó, cuando Apolonio echó mano al cuchillo.

“Yo no sé lo que me pasa,

pues ignoro con quién hablo:

este cabrón es el diablo

o mi compadre José.”

En Zamora, Teófilo dio por terminada su obra, y lo más ingenioso de él fue que, necesitando con premura algún dinero, se valió de su amigo Bernardo Anaya, dueño de la imprenta, y la obra fue reproducida en un pequeño cuadernito con un dibujo en el que aparecía un fantasma en el panteón llevando dos bolsas de dinero.

Y ahí tienen que Pedroza, el impresor Anaya y los ayudantes de éste, un domingo, se pusieron en el atrio de la Catedral, a la salida de la misa mayor, y empezaron a gritar: “La novena del ánima de Sayula… ¡La novena del siglo veinte! A veinte… a veinte centavos…”

Los feligreses que conocían muchísimas novenas de santos, ignoraban la existencia del Ánima de Sayula; conocían muy bien la del Ánima Sola…

Vendieron por millares aquellos cuadernillos, hasta que un feligrés puso uno en las manos del Señor Obispo, Lic. José María Cázares, quien, de inmediato y conociendo el buen humor y talento de Teófilo Pedroza, lo hizo llegar a su presencia, augurándole un éxito con sus versos por el ingenio demostrado en los mismos, a la vez que le reprimía porque su talento no lo vertía en las cosas santas, con un definido vocacionamiento eclesiástico…

Los versos del Ánima de Sayula fueron escritos hacia el año de 1871 por este personaje, catalogado como el padre de la picardía mexicana, don Teófilo Pedroza.

En fin, como lo comentamos en la parte inicial del presente escrito, resulta casi un albur el ver cómo estos versos, que tanto daño moral causaron a la tradicional ciudad de Sayula, durante muchos años, son ahora uno de los iconos más representativos de su más acendrada identidad cultural.

En la década del siglo antepasado y en la primera del pasado, los habitantes de Sayula se molestaban profundamente cuando les recitaban fuera de su provincia los versos del Ánima; pero los sayulenses del presente, ante los incontenibles avances de la cultura, han tomado el pícaro poema como parte de su propio folklore y no hay empacho en decir: “¡Sayula y su Ánima!”, escribió J. Jesús Figueroa Torres.

Existe una anécdota dentro del paraje intelectual mexicano en el sentido de señalar el por qué Juan Rulfo, el universal escritor de “El llano en llamas” nunca se refirió a Sayula como su tierra natal, y es que, dicen que su contemporáneo y coterráneo regional, con un aire de sarcasmo le decía que él era de Sayula, la tierra del ánima… cosa que no le agradaba.

Por fortuna los tiempos han cambiado y Sayula nos da un gran ejemplo, sobretodo a los pueblos circunvecinos, ya que ha logrado convertir su “mayor defecto” en su máximo orgullo: el Ánima de Sayula se reproduce en una serie de objetos artesanales, llamados “souvenirs”, que van desde las ánimas manufacturadas en forja, las reproducciones que se pintan en tazas, platos y servilleteros de cerámica; además de los múltiples negocios de la localidad que han adoptado el nombre de los versos, como El mesón del Ánima y el café el Ánima de Sayula.

Claro, y no podemos olvidar las múltiples reediciones que se han hecho sobre los versos. Desde los que se venden a un accesible precio en los expendios de periódico, dulces típicos y aseadores de calzado ubicados en el centro de la localidad, pequeños cuadernillos que recuerdan aquella primera edición; hasta algunas otras como las editadas en el año 2003, una por la Secretaría de Cultura de Jalisco, cuya edición fue responsabilidad de Dante Medina con ilustraciones de Juan Carlos Macías; y un par más por la editorial Arlequín, bajo la responsabilidad de Felipe Ponce, con un magnífico epílogo de Clara Cisneros Michel.

Por otra parte, ya hace muchos años salió a la venta una obra intitulada El Ánima de Sayula: autobiografía de Apolonio Aguilar, por Figueroa Torres, cuya primera edición data de 1978. En esta obra el autor, sin olvidar el ambiente picaresco y popular que envuelve a los originales versos, nos ofrece su muy peculiar leyenda de uno de los hitos culturales más importantes de Sayula.

Claro está que estos 135 años de vida del Ánima de Sayula, han dotado a Sayula de un reconocimiento universal, ya que estos versos han quedado a la ilustre altura de la pléyade de personajes sayulenses de la dimensión del sabio Severo Díaz, de San Rodrigo Aguilar, del reconocido ceramista Epigmenio Vargas y del propio escritor Juan Rulfo; así como de su bien ganada fama por sus pintorescos portales góticos y sus típicas cajetas de leche.

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