Se va un
regidor, se va un diputado, un presidente municipal; la sangría no cesa y el
presidente del PRI, Javier Galván, sigue “muy orondo”. No atañe a la situación
interna y actúa como si en la pasada elección el PRI hubiera obtenido “carro
completo”. O será más bien que el golpe del “bulldozer panista” fue tal que le
provocó alzhaimer para no recordar nada de lo que hace unas semanas sucedió: el
cataclismo.
Se van y
se van, y Galván sigue arriando banderas. Parece ser un digno partidario del
grito que los ciudadanos argentinos dirigían a sus políticos en la crisis del
2001: “que se vayan todos”. Qué ha de pensar Galván al llegar a la sede del
partido cada mañana. Seguramente su subconsciente se ha de mover al ver el
logotipo del PRI reflejado en los cientos de espejos que decoran la fachada de
la sede del partido.
La
visualización del logotipo le ha de provocar impactos cerebrales de la época en
que el PRI arrasaba en todas las elecciones, seguro eso es, porque así actúa.
Como si el partido bajo su dirección hubiera ganado todo: la gubernatura del
estado, la mayoría absoluta en el congreso local y todas las diputaciones
federales en disputa.
Pero la
cruda realidad es que el partido bajo su dirección ha perdido casi todo. Se ha
quedado únicamente con la “morralla”. Los municipios morralla y el único
distrito morralla que ganaron, el 19. Ahí donde hasta unas horas antes de
cerrarse el registro tuvieron en vilo la candidatura a la diputación federal de
Salvador Barajas. Había otros “más rentables” y que se “la jugaron” con Zamora,
así lo decidieron en varios distritos del estado.
Porque
tanto para la dirigencia estatal y el candidato al gobierno del estado, Arturo
Zamora, prácticamente los 44 municipios que el PRI ganó eran parte de los 87
“no prioritarios”. Qué importaba que el PRI perdiera San Gabriel, Tolimán o
Zapotitlán, esos municipios no importaban para la campaña de Zamora, sólo los
“prioritarios”: Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá, Tlajomulco. Esos son
los que visitaba Zamora, los demás eran “muy pequeños”, ahí no se concentraba
el “grueso de la población” y poco servirían para ganar la elección estatal.
Desde su
elección Galván demostró su muy peculiar estilo de dirigir. A su competidor en
la elección interna, Juan Enrique Ibarra Pedroza le facilitó la salida para
irse con el peje (a cambio de una senaduria, ajá. ¿Cómo la quiere… peladita y
en la boca?) Poco le importó incluir en la dirigencia al grupo que a éste lo
respaldó, le pedían una secretaría de las varias con que cuenta por estatutos
la dirigencia y no negoció ninguna.
El viejo
adagio de que el ganador toma todo y el perdedor de igual manera ha sido uno de
sus principios rectores para conducirse. Poco importaba cómo se resolvían las
decisiones al interior del partido, en éstas siempre se privilegiaba una visión
sobre la otra sin complementarlas. La visión unilateral ha prevalecido, aún a
costa de sus propios aliados que en su momento fueron determinantes para
llevarlo a la dirigencia (Francisco Javier Guízar).
Así pues,
el diálogo en el disenso para llegar al acuerdo, esencia de la política, es por
demás desconocido y ha caído en desuso en el dirigente estatal. “Las puertas
del partido están abiertas para entrar y salir” (más bien para salir), parecía
decir Galván cada vez que había una discusión al seno del PRI. “Nos estamos
quedando los buenos, los que se van son unos convenencieros que no tienen
identidad partidista”, (no lo decía él, pero así era) etcétera y más etcéteras.
Así se
han decidido los asuntos dentro del PRI. Bajo el aura de que sólo cuenta una
visión. Puede decirse que muchos de los males del PRI ya son endémicos, como el
deterioro de la imagen del partido por tantos años de haber gobernado.
Pero hay
que recordar que hace apenas tres años en las elecciones intermedias del 2003,
superó al PAN en votos y ganó la mayoría de cargos en disputa: las diputaciones
federales, el congreso del estado, las presidencias municipales.
Se puede
aducir también que como en todo el territorio nacional, el PRI se vio afectado
por la candidatura de Roberto Madrazo, es cierto, pero no podemos dejar de
recordar que la dirigencia encabezada por Javier Galván fue una de las más
entusiastas propulsoras de su candidatura, a costa de todo, dejando de lado las
más elementales reglas de neutralidad en los procesos internos.
La
discreción se estableció como norma y “valemadrismo” se hizo Ley. Precisamente
ha sido en los procesos internos en donde esta particular visión de dirigir,
que no respeta la neutralidad, ni la imparcialidad ha dejado una honda huella
en el accionar del PRI, y no estaría por demás decirlo, ha sido fundamental en
los resultados negativos obtenidos.
La poca
claridad prevaleció en todo: en la “elección” del ex gobernador Carlos Rivera
Aceves como árbitro de las contiendas internas de elección de candidatos; en el
manejo de las “cuotas estatutarias” que esta comisión pedía a los
precandidatos.
¿A dónde
fue a parar todo este dinero? ¿En dónde quedó el dinero que el IFE a través del
CEN le manda, o el que directamente les entrega el IEEJ? En dónde quedó si a
los candidatos a todos los órdenes de gobierno no les dieron prácticamente nada
(sería nada si sólo hablamos de los candidatos a presidentes municipales, un
poco a los estatales y algo a los federales). En dónde quedó si los
precandidatos pagaron todos los procesos internos: las encuestas, las urnas,
las boletas, las mamparas…
Pero
además de esto los que querían competir tenían que enfrentarse al “me vale que
se enojen”: “que no le parezca a tal o cuál candidato las reglas”. “Si no le
parece que se vaya, las puertas están muy grandes”. A Galván muchos de ellos le
valieron… y se fueron, llevándose dos o tres puntitos a otro partido, los
suficientes para hacer perder la elección a los que se quedaron.
Volviendo
al asunto de los recursos, sigo pensando... en dónde quedaron. Si a los
candidatos sólo les dieron unos cursos motivacionales para que no les decayera
el ánimo durante la campaña. Unos cursos en donde se tuvieron que aprender una
y otra vez el chiste de los “Fenicios”, que de vez en vez contaba el delegado
del CEN y coordinador de la campaña de Arturo Zamora, Manuel Cavazos Lerma.
Y llegó
la derrota, (no llegó claro está, se fue a ella), la más grande derrota que el
PRI haya sufrido en Jalisco. Porque hay que recordar que en el 95, en medio de
la peor crisis económica y social jamás vivida en el país; en medio de
asesinatos, como el del Cardenal Posadas Ocampo y del candidato Colosio,
todavía el PRI alcanzó a ganar tres diputaciones y 63 municipios.
Lo de hoy
ya lo vimos. Sólo una, y esa una que no habría sido tal si Zamora y Galván
hubieran seguido con el aferramiento de
no dejársela al candidato natural para
ella. Hubiera sucedido lo del distrito 1, o lo del 15 o del 18, por tal sólo
citar tres ejemplos. Ahí se dejó fuera a los candidatos naturales para
ganarlos: los diputados locales, José Ángel González, Enrique García y Armando Pérez Oliva.
Metieron
las manos para poner candidatos al gusto de Arturo Zamora y Javier Galván, ahí vemos el resultado.
Sobre todo en el mismo distrito del cuál todavía es diputado federal éste
último, el 18 de Autlán, siendo la primera vez que se pierde. Pero quién eligió
ahí a sus candidatos…
Así las
cosas, qué color verán actualmente en el PRI Jalisco, (el nacional no canta mal
las rancheras): ¿El negro de la derrota? No creo, más bien el tricolor de la
memoria idílica y los años mozos. Parece ser que en ése estadio se han quedado.
Habrá que volver de ese letargo del pasado. Pero habrá que volverlos… a la
realidad.