Ramiro Arredondo-Hernández E-mail plumadesalva@yahoo.com Puerto Vallarta Jalisco En el 2002, alguna funcionaria ocurrente saldría con la puntada de poner en escena una ‘naumaquia’ ocasionándose un gran barullo. No faltaría quién considerara tal evento, como otro estupro seudo cultural panista, mientras que otros –de plano– optarían por negar la existencia en el diccionario de la noción ‘naumaquia’. Tocaría a don Manuel Alvar-Ezquera declarar que ‘naumaquia’ era un helenismo significando ‘combate naval’. Pero esta explicación no satisfizo a nadie, y menos, cuando este proyecto cultural involucrara la injerencia de cierto gachupín de marras, cuyo nombre ya resbalara de mi memoria. Pese a la tormenta de objeciones, la ‘naumaquia’ sería puesta en escena, porque ya había presupuesto autorizado y ahora el cabildo obligaba a ejercerlo… Así que llegada la fecha se acelerarían los preparativos del espectáculo, aún cuando todavía nadie imaginara todavía de qué diablos se trataba la dizque ‘naumaquia’. El tráfago arrolló al Centro Histórico con maniobras por demás singulares, cuando encaramaran filarmónicos sobre azoteas y mientras que otros, armados con instrumentos musicales, asediaran campanarios al tiempo en que, frente al Malecón, se anclara una gran cantidad de embarcaciones. Ya para ese anochecer, tanto músico enjaretado en los techos, hizo suponer a los viejos que ‘interpretarían una especie de Niño Perdido sinfónico’. Pero cuando aquello inició, resultaría en un margayate musical que calificaría más como espantáculo, que espectáculo. De manera espontánea algunos concurrentes incluso llegarían a sentirse víctimas de un repentino esoterismo rectal, pero sin supositorios de por medio… Porque ante los bramidos de los barcos mirarían hacia la mar, –y nada–. Expectantes por espectacularidad verían cerros arriba esperando contemplar algo extraordinario, –pero tampoco hubo nada–. Nada de nada, pues… Pero luego reverberarían unos poderosos, como mugidos de reses bravas, seguidos por una feroz trompetiza y un echar campanas al vuelo del cabrón –como si hubiera ganado la selección mexicana– para enseguida, quedarse todo en silencio. De inmediato un bochorno embarazaría a los espectadores que se miraron mutuamente a las caras, por aquello de que se las hubieran visto de conejos. A la mañana siguiente y antes que lo de aquella ‘naumaquia’ se hinchara con el sol, un ejército de apologistas y seudo intelectuales saldría al quite, para que aquello no asumiera el rango de un grave apendejamiento colectivo… Desfilarían dudosos relatores de la cultura pretendiendo justificar la inexistente espectacularidad de esta ‘naumaquia’ llegando a extremos de insinuar que ‘sólo los conejos no apreciarían tanta belleza’. Y como nadie gusta exhibirse zapotlanejo y, aún sin entender la flatulencia de la ‘naumaquia’, algunos críticos cantarían loas al –sin duda– espantáculo, declarándolo ‘un éxito cultural rotundo del hache ayuntamiento panista’. Tampoco faltaría cierto ‘culto’ comentarista que incluso ponderara al gachupín de marras que ensartara la ‘naumaquia’ a la directora de cultura vallartense, diciendo que ‘el evento había sido la madre (¿?) de todos los espectáculos’. Y todo por no querer pasar por perplejos… Yo no pude decir ni pio, cuando debido a mi reconocida conejes, mejor optara por quedarme en casa aquella víspera... Ahí la TV detallaría las emociones del espantáculo, mostrando caras y gestos y reacciones de aquella tan confundida concurrencia. El caso es que los días siguientes a la pifia, correrían torrentes aclaratorios, en un vano intento por explicar esta fallida ‘naumaquia’. Mi amigo Gabo –guitarrista de academia– diría que, si aquello pretendió ser sinfónico, careció de sincronía y de sentido musical, que como concierto resultó desconcertante, que fue una filarmonía sin pautado ni dirección, que fue un desorden sin pies ni cabeza… Y es que la ‘naumaquia’ sumaría al murmullo urbano, las trompetas y sirenas de los barcos, el repique de campanarios y hasta el rebuzno de los burros montaraces, replicándose unos a otros sin ton ni son. Habría desde pitos de calabaza, con chirimías y caracolas aztecas, hasta el retumbar de una distante tuba cuyas bufantes notas serían contestadas con las cornetas de las embarcaciones, a lo largo de aquel foro costanero… Y hasta ahí todo más o menos bien, en teoría, cuando lo que debiera sonar sinfónico terminara en puro fiasco. Varias semanas después, los que ahí esperaran algo que de plano no se diera, tratarían de sacar en limpio ‘qué se pretendía con este espantáculo por principio’. Al no encontrársele punta a la hebra concluirían que se trató de un ‘traje invisible para el rey’ que algunos, presuntamente cultos, entenderían esta ‘naumaquia’ mientras que los más, no la comprenderían por dizque carecer de cultura suficiente. Nada pues, con aquel grandioso espectáculo del Coliseo, en tiempos de una Roma decadente (¿estaría decayendo Vallarta?) cuando se inundaba el circo, poniéndose en escena una batalla naval con barcos de guerra y gladiadores, luchando a muerte... A esto, se agregaba el drama musical y la pompa imperial de cuernos y fanfarrias, que complementaban la espectacularidad épica de la ‘naumaquia’. Este sería el antecedente histórico, y presuntamente cultural, que pariría ese engendro jorobado implementado en la ‘naumaquia’ vallartense. Una ‘naumaquia’ que sería como un mal augurio para aquellos nueve largos años de alcaldías panistas vallartenses, cuando de alguna forma subliminal se estaba poniendo en escena algo ominoso, una ‘naumaquia’ que igualmente sería un síntoma inequívoco de que el Vallarta panista, al igual que aquella Roma Imperial, tenía sus días ya muy contados. Tiempos aciagos pues, cuando una cosa era gobernar y otra, muy diferente, dedicar el gobierno al puro pan y circo…
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