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Grandes Recuerdos…
Un Suspiro…por Zapotlán
Alvaro Anguiano Cedano
buzon@periodicoelsur.com

Viernes 2 de Noviembre del 2018
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¡Vamos a los tacos de la estación!

A partir del punto conocido como “El cambio”, situado al inicio de la calle Reforma, entre Ignacio Mejía y Municipio Libre, al lado poniente de Ciudad Guzmán, Municipio de Zapotlán El Grande, daba comienzo la Calzada Madero y Carranza.

Recuerdo que en el lado sur de la calle Municipio Libre, estaba la puerta de alambre, con postes de hierro, que era la entrada al diamante de Beisbol y también a la cancha 2 de Futbol Soccer, ubicados en los terrenos del Estadio Municipal Santa Rosa, bardeado hasta la otra entrada por la Calzada Madero y Carranza.

Por cierto que la citada barda, estaba llena de agujeros y los vecinos cercanos, se aprovechaban para depositar diariamente, a todo lo largo de la barda, sus basuras y también para tirar animales muertos, ya fuesen gatos, perros, gallinas, pollos y gallos, inclusive cerdos, puercos, pues.

En aquellas épocas de los años 50’s, era muy común escuchar a las personas jóvenes, adultas y mayores que decían: ¡Vamos a los tacos de la Estación!, que se vendían diariamente a las llegadas de los trenes que venían procedentes de la ciudad de Guadalajara, con destino a Manzanillo, Colima, pasando las poblaciones más importantes del Sur de Jalisco.

Primeramente, a las 12:00 del día, hacía su arribo el tren de pasajeros y una hora después, llegaba el tren de carga, para dejar en la amplia bodega, las cajas y paquetes con productos y artículos que enviaban de la Perla Tapatía, a los comerciantes de Zapotlán El Grande.

El camino para llegar a la Estación del Ferrocarril y poder saborear los ricos tacos, al estilo Tuxpan, acompañados con un sabroso Tepache, que se servía en un jarro de barro, al igual que las aguas frescas de jamaica, arroz y tamarindo, entre otros sabores naturales.

En el trayecto de El Cambio, a la citada Estación, había muchos obstáculos, digamos zacatales, tramos de arena, de tierra, hormigueros y sin faltar los charcos en las temporadas de lluvias, pero bajo la sombra de los frondosos árboles que había a los lados y uno que otro al centro.

Llegando a la altura, en donde estaba “El Vivero”, porque no había casas en los costados, se podía decir, ya llegamos a la Estación y nos llenaba de júbilo oír los pitidos de la máquina y el estruendo que provocaban los pesados vagones al ser arrastrados sobre la vía o rieles.

En mis tiempos de niñez, me aventuré a hacer el recorrido, hasta el lugar donde estaba la Pista de Aviación del señor José Covarrubias Pérez (+), ya que en ese lugar despegaban y aterrizaban los aviones conocidos como “Capi Covarrubias”, que ofrecían el servicio de Taxi Aéreo Nacional.

Posteriormente, en mi juventud, al cumplir con el Servicio Militar Nacional, a todos los jóvenes conscriptos de 18 años y remisos, nos obligaban a correr, con paso veloz, desde donde está ahora el CREN, hasta la citada Aviación, llegando más o menos hasta donde se encuentra, en estos tiempos, el Puente de la Autopista.

En mi etapa de adulto, mi esposa, mi suegra y cuatro de mis hijas, desde la calle de Comonfort, emprendimos la travesía de ir a comer los Tacos de la Estación y también con el propósito, de que mis hijas, conocieran “en vivo” los trenes de pasajeros y de carga.

Para ese entonces, el camino ya no era tan pesado, porque había una que otra casa a los lados, siendo emparejados o nivelados algunos tramos, con decirles que ya había servicio de los camiones urbanos, mejor conocidos en esos tiempos como circuitos.

Mi esposa y mi suegra, comenzaron a caminar de prisa, rezagándose mis hijas por sus pasos lentos y cortos, a lo que una dijo: “esperen a la niña”, causando la risa de las mujeres mayores y otra de las niñas les dijo: “Mírenlas y todavía se ríen changas peludas”.

Personalmente, a todos los contemporáneos les digo: ¡Quienes no fueron a la Estación del Ferrocarril… no tuvieron infancia!

Oficialmente, de acuerdo a la historia, este inmueble de la Estación del Ferrocarril, fue inaugurado por el Presidente Porfirio Díaz Mori, en el año de 1908 y a la fecha 2018, hace 110 años, conserva un diseño arquitectónico a partir de módulos en iguales dimensiones.

Su principal peculiaridad radica en su techumbre, en cuya estructura se observa un diseño entramado. El edificio albergaba la oficina de venta de boletos, del Servicio de Telégrafo, un par de grandes bodegas; además de una amplia y cómoda Sala de Espera, dejando de funcionar como tal, en la década de los años 80’s del pasado Siglo XX.
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