Ramiro Arredondo-Hernández
Puerto Vallarta Jalisco
Quién sabe cómo tomarás amigo lector y
lectora, los mitotes provenientes de Puerto Vallarta. Y aunque el contexto de seguro que es otro,
luego de analizarlo nos daremos cuenta que mucha de la problemática que aqueja
a los vallartenses, es bastante semejante a la que afecta a otros
municipios de Jalisco. Ya aceptando
estas similitudes, no cuesta trabajo imaginar por las que pasamos en un
Vallarta que quedara lastrado, luego de que la anterior administración heredara
a la actual muchas de sus monerías.
Porque durante el trienio de Gustavo
González vendría dándose todo lo que no debiera, cuando se permitiera construir
ahí justo donde los especialistas recomendaran que no se hiciera, debido a la
existencia de alto riesgo. A contrapelo de advertencias y estudios académicos,
comenzaría una proliferación de desarrollos lo mismo en zonas inundables que en
inestables laderas antes de la construcción de unas pesadas torres, en terrenos
aledaños a la Boca del Pitillal.
Los científicos alzarían voces siendo
desoídos cuando no existe voz más potente que la del dinero. De nada valdrían
alertas ante aquella fiebre por levantar tan pesadas torres en tan frágiles
suelos ubicados entre la zona hotelera norte y Marina Vallarta. Terrenos
recuperados mediante el relleno de El Salado o por el milenario depósito
sedimentario del río Pitillal. Ahí surgirían altos edificios cuyas estructuras
formaban un efecto de cuña capaz de vulnerar la delgada costra del suelo donde
fueran construidos.
A cada estaca seguiría otra en una fiebre
justificada por la plusvalía inmobiliaria. Pero esa mañana del 26 de noviembre
del 2007 sería perturbada por algo que sucediera en el playón del Holi. Algunos
dándole rienda suelta al mitote dijeron de una dizque profunda barranca que
había tragado parte de un hotel, mientras otros comentaban la desaparición de
la nada, de parte de esta playa. Ya fuera del chisme, el mar había tragado una
notable porción de lo que antes fueran arenas cálidas.
Se había repetido algo semejante a lo
acontecido hace poco en Mixmaloya cuando una enorme lonja playera terminara
devorada por el mar. Mas ambos eventos poco sorprenderían a los ingenieros
serios que dependen de estudios de mecánica del suelo para garantizar, no sólo
la firmeza de sus obras, sino la certidumbre de que el dinero de sus
inversionistas no terminará en el fondo del mar. De ahí que este estudio resulte aún más
indispensable tratándose de algunos terrenos.
Como esos cuyo suelo es producto de la
sedimentación de algún afluente y donde la firmeza es sólo aparente, cuando a
pocos metros abajo el subsuelo se comporta más como una negra gelatina sin
fondo. Una característica compartida por
la mayor parte de una franja turística donde cada nueva obra representa una
cuña más, en la delgada costra levantada sobre lo que antes fueran mar o
esteros. Una frágil cáscara pues de aluviones, a la que han clavado más cuñas
que luego de alinearse podrían crear verdaderas fallas geológicas.
Rupturas que terminarán desplazando masas
de subsuelo hacia donde existe menor resistencia pendiente abajo, es decir,
hacia la bahía. De ahí que en Mixmaloya las cargas sobre ese aluvión empujaran
una gran lonja playera a las profundidades marinas. O que frente al Holi el mar
devorara ese pedazo de playón en pocas horas. Pero lo peor sucedería si a
alguna construcción con aspiraciones venecianas, le diera de repente por
ladearse como la Torre de Pisa. De malas pues para Gustavo González cuando la
naturaleza también le da la espalda a la mera hora de la verdad. En fin pues.